4 de abril de 2013


Vencidos por el 'cáncer' de la timidez

El verano es una de las épocas más propicias para intensificar la vida social y una de las que entrañan más sufrimiento para las personas exageradamente tímidas. Numerosas relaciones sentimentales y amistosas se han emprendido en este perio­do del año. Predomina la cultu­ra de la calle, tan característica de los países latinos. Las vaca­ciones, los viajes, las playas, las piscinas y las terrazas cobran especial importancia en la vida de las gentes.
Para muchas personas es el momento más vitalista en el sentido de que se puede dedicar más tiempo a uno mismo, al ocio y a conocer otros lugares y personas. Sin embargo para los que sufren la timidez en grado de enfermedad el verano es un calvario. Son personas con fo­bias sociales, ante las que sólo tienen dos alternativas: aislarse o enfrentarse a la situación re­curriendo a drogas y otras sus­tancias que les den un apoyo.
El prestigioso médico y hu­manista Gregorio Marañón analizaba así la timidez en su obra Amiel, un estudio ¡obre la timidez: "Amiel fue, en efecto, un hombre frustrado por el cáncer de la timidez... Me atre­vo a decir que por lo menos la mitad de los hombres han visto algunas épocas de su vida tur­badas por este mal, y que en una cuarta parte de ellos la per­sistencia crónica del sentimien­to de incapacidad es la causa recóndita de fracasos, extrava­gancias y tragedias en aparien­cia inexplicados".
Marañón define la timidez como "una enfermedad singu­larmente dañina, porque el que la padece la lleva oculta casi siempre, bajo una máscara de normalidad, afanosamente fin­gida, que dificulta su diagnósti­co y remedio".
Si, como afirman los psi­quiatras, la timidez es un senti­miento universal que afecta en mayor o menor grado a todos los humanos, esta sensación también puede adquirir en cier­tas personas una dimensión pa­tológica y ser expresión de dis­tintas fobias sociales.
Según Jerónimo Saiz, jefe de Psiquiatría del hospital Ramón y Cajal y profesor titular de esta especialidad en la Univer­sidad Autónoma de Madrid, las fobias, que son un trastorno de ansiedad, se caracterizan por un miedo, pánico o terror irracional ante objetos, situa­ciones o personas que no entra­ñan en sí mismos ninguna peli­grosidad. La conducta de evita­ción, de intentar eludir lo que produce miedo, es un rasgo muy significativo de los trastor­nos fóbicos.
"Las fobias sociales", expli­ca, "se manifiestan en la rela­ción del individuo con los de­más e interfieren en su vida es­colar, laboral y social en gene­ral. Algunas de las más comu­nes consisten en no poder ha­blar o comer en público, no re­lacionarse con personas del otro sexo, no soportar ser mira­dos mientras escriben y no po­der bailar en fiestas o disco-tecas".
La agorafobia es el miedo a los espacios abiertos. Este con­cepto también incluye un grupo de fobias que se traducen en el miedo a salir de casa, a los lu­gares públicos, a las multitudes y a los viajes en cualquier trans­porte público.


Hablar en público
J. P., de 42 años y alto ejecutivo en una empresa multinacional de publicidad, confiesa que era incapaz de hablar en público y "la salvación fue la cocaína".
"Por mi cargo", cuenta, "te­nía muchas presentaciones de campañas a clientes muy im­portantes. Pensar que tal día te­nía que hablar ante 15020 per­sonas y ponerme malo era todo uno. Me entraba taquicardia, sudores fríos, sensación de ma­reo... Lo hablé medio en bro­ma con un compañero y me dijo que a él le pasaba algo pa­recido y que le había ido feno­menal con la coca. La verdad es que acepté la sugerencia y se acabaron los miedos. Sentía que podía comerme el mundo".
J.P. tuvo lucidez para en­tender que aquello no era la solución a su problema porque dependía absolutamente de la droga, pero tampoco compren­día muy bien qué le pasaba.
"En la boda de un amigo co­mún, y gracias a unas copas", confiesa, "se lo conté a un ami­go psiquiatra y con su ayuda he empezado a coger el toro por los cuernos".
Como sostiene el especialis­ta del Ramón y Cajal, las fobias sociales conducen "con mucha frecuencia al aislamiento social y, cuando no es posible la con­ducta de evitación, al consumo de drogas para hacer frente a la situación fobógena".
P. B., una periodista de 35 años, lleva 12 como profesional en el mismo medio de comuni­cación y jamás ha podido hacer "una sola pregunta en una rue­da de prensa”
"Si se trata de una entrevis­ta", admite, "no tengo ningún problema, pero hacer pregun­tas ante 20, 50 o más personas no puedo soportarlo. Y la ver­dad es que, sin que nadie lo sepa, llevo toda mi vida profe­sional chupando rueda de los colegas en las conferencias de prensa, porque si intento ha­blar siento que me desmayo".

Miedos infantiles
En palabras de Jaime Rodrí­guez-Sacristán, catedrático de Psiquiatria Infantil de la Uni­versidad de Sevilla, el miedo va ligado a la condición humana, y en la infancia y en la adoles­cencia los miedos son muy ha­bituales, pero generalmente "son irrelevantes, poco inten­sos, y desaparecen tal como vi­nieron, sin interferir en el desa­rrollo".
Todos los niños sienten al­guna vez miedo a la oscuridad, a la separación de los padres, a personas extrañas, a ciertos animales o a fantasmas y mons­truos, e incluso al colegio. Pero entre un 3% y un 9% de los ca­sos, según los autores, el miedo se convierte en trastorno fóbico social, que posiblemente se per­petúa a lo largo de su vida.
Algunos estudios revelan que el S0'/o de los adultos con trastornos fóbicos tuvieron esta patología en la infancia o adolescencia.

Para ligar necesito tomar unas copas
Madrid Las chicas siempre han puesto muy ner­vioso a J. B., un jo­ven madrileño de 27 años, y en la facultad de Económicas don­de estudiaba a veces lo ha pasado muy mal con el sexo feme­nino. Esto, a pesar de ser el número uno de su promoción y de "tener éxito con ellas", según confie­san  todos  sus amigos.
Su remedio, como el de cada vez más jó­venes y adolescentes, es recurrir al amparo traicionero del alco­hol. "Para poder salir y conocer a chicas necesito tomar unas cuantas copas, por­que, si no, soy inca­paz de ligar", asegu­ra. "El alcohol me ayuda a romper mi inhibición y me con­vierto en un tío abier­to, simpático, inge­nioso y decidido".
Como señala Jai­me Rodríguez-Sa­cristán, catedrático de Psiquiatría Infan­til de la Universidad de Sevilla, el proble­ma de J. B. es una de las fobias más comu­nes en los varones, al igual que la prótesis a la que recurre para hacerle frente.
Aún no se sabe muy bien por qué, pero las fobias socia­les tienen una mayor prevalencia en el sexo masculino, so­bre todo cuando se empiezan a manifes­tar en la infancia y la adolescencia.
"La fobia social", dice Rodríguez-Sa­cristán, "se relaciona con un bajo nivel de autoestima y genera siempre miedo a la crítica y al ridículo. Se produce un temor a ser observado y a sentirse avergonzado y humillado ante los demás. Aunque hay muchas personas que padecen este trastor­no sin que pueda ser percibido por los otros, algunas de ellas tienen gestos como el desviar la mirada porque les molesta mirar de frente y temen rubo­rizarse
Este experto sub­raya que la educa­ción familiar desde la infancia es influyen­te, pero no determi­nante en la génesis de los trastornos fóbi­cos. Estos se susten­tan en personalida­des ansiosas mal de­sarrolladas y caracte­res débiles y depen­dientes.

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